12.2.13

¿No sabemos lo que tenemos hasta que lo perdemos?

Todo el mundo ha oído eso de "No sabes lo que tienes hasta que lo pierdes". Sin embargo, hay mucha gente que no está de acuerdo con esta afirmación. "¡Pues claro que sé que mi novio es lo mejor que podía haberme pasado!", dicen, o "No habría llegado donde estoy sin el apoyo de mi familia y amigos". Sí, valoramos a las personas que tenemos a nuestro lado. Sí, valoramos todo lo que hacen por nosotros (o tendríamos que hacerlo). Pero, ¿nos paramos alguna vez a pensar qué sería de nosotros sin ellos? Pensarlo de verdad. Algunos dirán que no debemos ser catastrofistas, que no debemos pensar en lo peor. Pero a veces no hace falta inducir nuestra mente a pensar en ello. A veces es suficiente que tu padre sea testigo del asesinato de un compañero de trabajo. Otras veces es suficiente que un conductor borracho invada el carril contrario y esté a punto de chocar contra el coche de tu marido. Hay veces en que no hace falta ser melodramático para que un escalofrío de miedo recorra todo tu cuerpo. Hay veces en que no hace falta ser melodramático para darte cuenta de que hay millones de formas de perder a un ser querido. Y es en esos momentos de miedo cuando te das cuenta de que podrías haber perdido a alguien muy importante para ti. Antes de eso ya sabías cuánto querías a esa persona, pero no ha sido hasta ese momento cuando más has apreciado su existencia y su unión contigo.

Sin embargo, a veces te das cuenta de eso cuando ya es demasiado tarde. Ya no habrá más días por aprovechar, no habrá más días para pasar a su lado.

Todos sabemos qué personas de nuestro entorno apreciamos; así que ¿por qué no recordárselo a menudo y disfrutar de su compañía lo más que podamos? 

¿Y si mañana fuese demasiado tarde?


6.2.13

Encuentro fugaz

Eileen salió del coche y se quitó las gafas de sol para mirarle directamente a los ojos. Quería que se diera cuenta de su seguridad, de cómo habían cambiado las cosas desde que se había ido, en lo que se había convertido sin él.
Richard no podía creer lo que veían sus ojos. Era ella, o más bien una versión mejorada de aquella muchacha joven y frágil que había dejado hacía poco más de un año. Ahora tenía el pelo más largo, brillante y fino; el maquillaje aplicado discretamente embellecía su delicado rostro, y se adivinaba un cuerpo de infarto debajo de ese ceñido vestido azul marino... Y esas piernas... Eileen sonrió, contenta por los efectos que su nuevo aspecto había provocado en su ex.
–¿Cómo te va todo, Richard?
–Yo... bien, muy bien. ¿Y tú qué tal?
Una muchacha que, a opinión de Eileen, no debía tener más de 18 años, alta y rubia se acercó corriendo y se cogió del brazo de Richard. Sin duda alguna, esa pobre chica era su trofeo del momento. Eileen se preguntó si durarían más de una semana.
–No podría irme mejor.
–Cariño, llegaremos tarde –dijo la joven, mirando a Eileen con el ceño fruncido, desconfiada, temiendo que quisiera robarle a su querido Ri-ri.
Richard desvió la mirada del cuerpo de su ex durante unos segundos.
–Sí, tienes razón –volvió a mirar a Eileen–. Me ha gustado volver a verte.
–Lo mismo digo. Cuídate, Ric.
Eileen se giró y se dirigió hacia la puerta del edificio que tenía detrás. No volvió a mirar la pareja que había dejado atrás, pero ellos sí la siguieron con los ojos hasta que la perdieron de vista. Y hasta unos segundos más tarde de que ella hubiera llamado el ascensor, un atractivo joven de 34 años y una estudiante de instituto de 17 no se movieron ni un milímetro. Él con la mirada perdida y pensando en ese cuerpo escultural que había dejado escapar. Ella con los ojos entrecerrados mirando como su novio babeaba por una mujer mayor que ella. 
*Lamento mucho estas largas ausencias... pero entre el trabajo, leer y llevar el otro blog me queda muy poco tiempo para escribir! Intentaré pasarme más a menudo :)

6.11.12

No te escondas

–Ven, pequeña, no te escondas de mí... Te trataré muy bien, ya lo verás. Anda, sal y vámonos; ya es la hora.
Esa siniestra voz le hablaba desde algún lugar de la casa, no sabía cuál, pero aun así era como si la tuviera en la nuca, la hacía temblar de la cabeza a los pies. Ella se mantuvo lo más quieta que pudo, intentando recordar los buenos momentos que había vivido con su familia, sus amigos... pero esos recuerdos eran tan lejanos que sólo veía imágenes que se difuminaban en un mar de tinieblas. Ahora sólo quedaba ella, y sabía que ella misma era su única esperanza. Y eso la aterraba, porque ese sería su final. Hasta ahí había llegado, no podía soportar más huidas, más presencias terroríficas, no podía soportar más aquella vida...
–No te hagas de rogar, pequeña, sabes que tienes que venir conmigo. Ya hace demasiado tiempo que huyes de mí, y no deberías alargarlo más... Soy paciente, pequeña, pero todo tiene un límite.
No, no podía irse con él; no se iría con él. Las demás no lo habían hecho, y ella no mancharía su memoria ni su valentía. Dejó atrás el miedo y se levantó, saliendo de su escondite.
–Así me gusta, que seas buena chica.
Ver la cara de esa voz le daba todavía más escalofríos y, sobre todo, asco. La piel de ese ser era oscura, como si estuviera quemada, y no era posible fijar la mirada en sus ojos durante más de dos segundos de la maldad que transmitían.
–Pensaba que sería más difícil convencerte de lo que te convenía, pequeña.
–Pues ya ves lo fácil que ha sido.
Empezó a correr hacia la ventana y se lanzó de forma que la cabeza rompió el duro cristal.
–¡No!
Su cuerpo ya sin vida cayó en el jardín del que algún día fue un hogar feliz. Un charco de sangre pronto se formó a su alrededor, tiñiendo su apagado pelo rubio y su blanca piel. Tenía algunos huesos rotos, pero ahora poco importaba.

El espeluznante espectador de la escena se mantuvo serio. Esa estúpida niña le había estropeado sus planes de futuro y se maldijo por haberla subestimado. Encontraría a otra, pero podían pasar semanas, meses o incluso años. Bajó tranquilamente por la escalera principal de la casa y salió al exterior.
–Es una lástima, pequeña, eras guapa.
Y se fue, calle abajo, hacia su próximo objetivo.
*Este relato fue publicado en un especial Halloween de mi otro blog, Palabras de terciopelo, pero he decidido añadirlo a mi blog personal porque al fin y al cabo su sitio es aquí :)

19.1.12

Punto y final... y volver a empezar

Generalmente, cuando un novio te deja, sea por la razón que sea, mantienes la esperanza de que te llamará o enviará un mensaje diciéndote que ha cometido un gran error y que no puede vivir sin ti…

El primer día las horas pasan lentamente. Esperas esa señal divina… pero no llega. Luego pasan días enteros. Lloras, te lamentas con tus amigas, y cada vez que miras el reloj te desesperas más y más.

Al cabo de una semana de no saber absolutamente nada de él, empiezas a entender y a darte cuenta de que él no se arrepentirá de haberte dejado, y, por lo tanto, no recibirás noticias suyas.

Es a partir de ese momento que empiezas a ser fuerte. Dejas las lágrimas a un lado y empiezas a reírte con tus amigas. Sigues teniendo esos momentos de bajón cuando piensas en él… pero ya no es lo mismo. La imagen idealizada que tenías de él empieza a emborronarse, y es ahora cuando ves que no es tan perfecto como querías creer.

Es ahí cuando te sientes preparada para enfrentarte al mundo. Tienes ganas de ligar y coquetear un poco con alguien, de sentirte deseada.

Y cuando piensas eso es que las cosas ya están volviendo a su sitio. Y sabes que todo irá bien. Pase lo que pase. Y que serás feliz. 

16.9.11

Vive el presente

Te has caído mil veces. Te ha costado mucho levantarte, pero lo has conseguido las mil veces. Sin embargo, esta vez ha sido distinto. Pensabas que por fin lo habías logrado, pensabas que por fin habías encontrado el amor de tu vida. Chica, te ilusionaste demasiado. En este mundo las cosas se consiguen con paciencia y dedicación. Lo sé, él parecía diferente a lo que te habías encontrado hasta ahora, pero pronto descubriste que la historia de siempre se estaba repitiendo. Te caíste otra vez. Hasta el fondo del pozo. Derramaste muchas lágrimas. Demasiadas; él no se las merecía.

Al cabo de unos días decidiste dejar esa pena atrás. Te costó, pero lo conseguiste. ¡Bien por ti! Entendiste que lo importante es el presente, no el futuro ni el pasado, sólo el presente. Aprendiste que lo importante es vivir, no soñar cómo sería tu vida ideal. Aprendiste que con miedo no vas a ninguna parte. Aprendiste que si los demás no están dispuestos a darte parte de su ser, esa relación no vale la pena.

Y cuando lo entendiste todo, tu premio apareció. Alguien sin miedo dispuesto a intentarlo. Alguien que cuanto de abraza hace que olvides todo lo demás. Alguien que te hace sentir mariposas en el estómago cuando te besa. Alguien que te provoca una sonrisa cada vez que te mira. Alguien que te trata como a una reina. Alguien con quien merezca la pena vivir el presente y ver juntos lo que os deparará el futuro. 

Sólo te daré un consejo: aprovecha cada segundo que estés a su lado como si fuera el último. 


21.8.11

Feliz despertar

Abro los ojos con pereza. Una sonrisa se dibuja en mis labios ante la escena que tengo delante. Él, profundamente dormido. Su rostro es inexpresivo, pero todavía recuerdo la noche pasada, la pasión que emanaba de sus labios. Su pelo negro está muy alborotado, y aunque penséis lo contrario, le queda terriblemente sexy. La fina sábana de color azul oscuro le cubre el cuerpo de cintura para abajo, por lo que puedo admirar sus fuertes y marcados músculos. Con la yema del dedo índice de la mano derecha trazo un camino que va de los pectorales a los abdominales, para luego volver a subir y tocar sus brazos. Parece que todavía noto cómo estrechan mi cuerpo desnudo.
Subo la mirada y veo que sus oscuros ojos marrones me están observando.
–¿Te he despertado? –le pregunto.
–Firmaría para despertarme así cada día.
Sonrío con timidez, aunque estoy rebosante de felicidad.
Me acerco a él y le doy un corto beso en los labios. Sin duda, él esperaba más. Me separo de él, pero me coge por la cintura y me acerca otra vez a él. Le doy otro piquito. Frunce el ceño. Ante esa expresión no puedo evitar reírme. 
–Con que esas tenemos, ¿eh?
En un momento me pone de barriga hacia arriba e inmoviliza mis brazos a cada lado de mi cabeza poniéndose encima de mí. Su sonrisa es pícara. Le saco la lengua. Se abalanza sobre mí y atrapa mis labios con los suyos. El beso es feroz y ardiente. Acaba por soltarme las manos y yo las utilizo para estrecharle contra mi cuerpo. Respiramos con dificultad. Separa su rostro del mío, sonríe y se levanta de la cama.
–Eso sí que es torturar –y se ríe.
Me levanto de un salto y me cuelgo de él como si fuera un koala. Pierde el equilibrio y caemos encima de la cama, riéndonos a pleno pulmón.

Sí, sin duda firmaría para que cada mañana fuera así.

17.8.11

¿Qué pensará la gente?

Se levantó de la silla para ir al baño; necesitaba una tregua de las miradas que él le enviaba. A cada choque su cuerpo entero se estremecía, y ya no podía resistirse a encontrar sus brillantes ojos marrones. Necesitaba un respiro.
–Ahora vuelvo.
De camino al baño inspiró y expiró profundamente. Por fin. Un poco de tranquilidad.
Lo cierto es que no había hablado mucho con Alberto, pero cuando se cruzaban (algo que no pasaba muy a menudo) y sus miradas se encontraban notaba como su corazón daba un vuelco. Hacía unos cuantos días de la primera vez, porque, aunque hacía años que se “conocían”, nunca antes le había pasado.
Entró en el baño y cerró la puerta. Aunque ya no lo tuviera delante, parecía que estuviera allí: con su cuerpo musculado, su pelo castaño alborotado aunque de una forma ordenada, y, cómo no, esos ojos que la volvían loca. Hizo pipí, aunque la vejiga no le apretara, y tiró la cadena. Se lavó las manos, se las secó y se miró al espejo. Suspiró. La pega más grande de todas: Alberto tenía 3 años menos que ella. ¿Era demasiado joven? Si llegara a pasar algo entre ellos, ¿qué pensarían sus amigos? ¿Sería mejor para todos reprimir los impulsos de tirarse a sus brazos? ¿Sería mejor para todos reprimir las ganas de besarle? Quizás sería preferible esperar a ver si él daba algún paso, porque también sería posible que todo aquello fueran paranoias suyas. ¿Y si a él no le gustaba? Suspiró de nuevo.
“Qué marrón”, pensó para sus adentros.
Decidió volver con los demás y enfrentarse a lo que tuviera que pasar.
Abrió la puerta del baño y tiró por la izquierda para volver al comedor. Pero allí, en medio del pasillo estaba él. Alberto. Con lo que había tardado en salir seguro que estaría mosqueado.
–¿Hace mucho que te esperas?
Empezó a acercarse. Ella continuó caminando en su dirección.
–Lo cierto es que sí.
–Lo siento.
–Yo también.
Pasó por su lado, muerta de la vergüenza, pero no pudo ir demasiado lejos porque él le cogió el brazo. Ella se giró. Alberto se acercó a ella.
–He esperado demasiado para hacer esto.
Alberto la acercó a él sin titubear y unió sus labios en un dulce beso. Lucía al principio no supo cómo reaccionar, pero después le devolvió el beso con la misma ternura. Los brazos de él la estrecharon a su cuerpo por la cintura y las de ella rodearon su cuello. Los dos estaban temblando cuando se separaron. No porque tuvieran frío, sino del nerviosismo que corría por sus venas. Se miraron a los ojos.
–No sé cómo he tenido las agallas de hacerlo.
–Pues me alegro de que hayas dado ese paso.
Los dos sonrieron y se fundieron en otro beso. Más largo, más profundo, más tierno. Y fue entonces cuando a Lucía dejó de importarle lo que pensaría la gente, pues para ella ahora sólo existían dos personas en el mundo.